Durante años trabajé en un videoclub, y en Nochevieja siempre trataba con la que yo consideraba mi gente. Almas vapuleadas que odiaban el esplendor de esa noche, que preferían regodearse en la autocompasión, silenciosamente y en privado, emborrachándose de romanticismo ficticio y desengaños propios y ajenos. Ese era yo, un tipo solitario, triste, esperando que terminara la noche. Pero, a veces, te hundes tanto que ya no eres capaz de seguir adelante.
El beso de medianoche, no es un beso cualquiera. En el se concentran las esperanzas y el romanticismo de todo el año. Y ese beso súper valorado que requiere tantas llamadas, sms, planificación, prisas y copas para que se haga realidad se da en un momento en el que el tiempo salta a la palestra. En el que se hacen evidentes el peso del año que entre y las oportunidades perdidas del año que se deja atrás.
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